Esos días grises
de risa marchita,
sin eco en el alma,
las manos al viento.
Un “te quiero” colgado
en la hoja helada,
un tiempo de amar
sin consuelo ni aliento.
El perfume ausente,
el silencio enredado,
un olvido fugaz,
un dolor siempre quieto.
La semilla de calma
en el roce vacío,
una sombra de amor
sin regreso ni intento.
Sin odio, ni llanto,
sin ruegos, ni canto.
Una paz más serena,
sin pena ni manto.
Luz que no engaña,
mirada serena,
y el renacer mustio
de raíces profundas.