Mis pies arrastran el polvo de esta tierra olvidada,
el frío me cala los huesos, pero mi sangre está incendiada.
Miré hacia arriba buscando una mano, una señal de piedad,
pero el cielo está mudo y me envuelve la oscuridad.
Dios cerró su puerta y tiró la llave al mar,
y ahora el silencio es lo único que me viene a buscar.
Un cuervo se posa en la rama de un sauce marchito,
sus ojos me miran, conocen mi último grito.
Y en este delirio de sombras que no dejan de bailar,
siento un aliento caliente que me empieza a susurrar:
"Él te ha dejado solo en este valle de ceniza,
vende tu alma al fuego, que el tiempo tiene prisa".
¡Porque el cielo arde en llamas, un incendio carmesí!
Los ángeles caen en desgracia, ya no hay donde huir.
Las alas blancas se queman, se vuelven humo y dolor,
mientras Satán se apodera de este mundo sin amor.
El cielo arde en llamas... y yo ardo con él.
Siento el calor del infierno subiendo por mis talones,
mientras el diablo me dicta sus negras oraciones.
Mis manos tiemblan, la fe se deshace en mis dedos,
soy un náufrago hundido en un mar de viejos miedos.
Las sombras se alargan, reclaman lo que queda de mí,
un alma gastada que nunca supo decir que sí.
Es el fin del camino, la última estación,
donde el fuego purifica mi propia perdición.
Ni ruego, ni llanto, ni rastro de luz,
solo el peso constante de mi propia cruz.
¡Porque el cielo arde en llamas, un incendio carmesí!
Los ángeles caen en desgracia, ya no hay donde huir.
Las alas blancas se queman, se vuelven humo y dolor,
mientras Satán se apodera de este mundo sin amor.
El cielo arde en llamas... y yo ardo con él.
El cielo es ceniza... Los cuervos ya no vuelan...
Él me susurra... y yo le creo...
El cielo arde... y por fin... ya no tengo frío.