Durante los años 2000, el mercado inmobiliario de Estados Unidos experimentó un fuerte crecimiento.
Los bancos comenzaron a facilitar el acceso a créditos hipotecarios, incluso para personas con ingresos insuficientes o con un alto riesgo de impago.
Con más crédito disponible, aumentó el número de compradores y los precios de las viviendas comenzaron a subir.
Pero el crecimiento generó un círculo cada vez más peligroso: los precios altos atraían a más compradores, y esos nuevos compradores contribuían a que los precios siguieran aumentando.
Muchas personas empezaron a comprar viviendas no solo para vivir, sino porque esperaban venderlas posteriormente a un precio mayor.
Hasta que los precios dejaron de subir.
Cuando comenzaron a caer, la burbuja inmobiliaria empezó a romperse.
Este fue uno de los primeros pasos hacia la crisis financiera de 2008.
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